Soledad verde y rumorosa – 2018

La precaria embarcación que utilizan los isleños del Delta para acarrear troncos y maderas, Jangada, es el título que eligieron para su exposición colectiva los artistas Lucas Distéfano, Brenda Hoffman, Edgardo Madanes, Adrián Paiva, Carola Rousso y Silvia Sergi. Seis miradas sobre esa especie de Amazonas misterioso, un espacio singular y poético que ejerce una fascinación siempre algo enigmática sobre la imaginación.

Allí está. Enfrente, debajo. Agua por todos lados. Agua oscura, de barro, con olor a arcilla. Es el río, que gobierna las islas desbordadas de juncos, raíces y árboles, coronadas por muelles irregulares y camalotes flotantes que viajan por el agua en manada, siguiendo la corriente. El Delta de islas y arroyos es el lugar donde la intensidad de la naturaleza nos recuerda que ella es mucho más fuerte que la civilización. Y a pesar de eso, un silencio cubre como un manto las islas del Delta. Haroldo Conti lo describe como una soledad verde y rumorosa.

Jangada, nombre de la precaria embarcación que utilizan los isleños para acarrear troncos y maderas, es la exposición que reúne la mirada de seis artistas –Lucas Distéfano, Brenda Hoffman, Edgardo Madanes, Adrián Paiva, Carola Rousso y Silvia Sergi– sobre este pequeño gigante amazonas que existe a una cercanía absurda de una de las capitales más grandes del mundo. Tan sencilla pero efectiva como la jangada resulta la exposición, en la que las obras al desnudo, sin artificios y prácticamente casi sin marcos, presenta imágenes construidas desde miradas diferentes, pero que convergen todas en una celebración de lo poético, hallazgo de climas y parajes de barro y cielo, donde el sentido no está dado por el artificio o el despliegue de ornamentos sino que se encuentra en la luz que rebota en nubes y perros, en las aguadas, en los movimientos de la luna que gobiernan los caudales del río, y donde la atmósfera, a pesar de estar en un espacio natural, es de lejanía, extrañeza. Una exaltación imperceptible cala los pulmones.

Diana Saiegh, curadora de la muestra, afirma que los artistas componen “una serie de postales en diferentes soportes y disciplinas, todas con la misma capacidad de transmitir las sensaciones de ese entorno, tan salvaje como pacífico, tan lejano como cercano y tan moderno como primitivo. Un espacio singular y poético, que también supo ser el hogar de creadores como Xul Solar y Haroldo Conti, entre otros. Y al igual que ellos, esta serie de obras logran reflejar ese silencio penetrante, sólo interrumpido por el motor de las lanchas, en una especie de grito de jangada, que llega hasta los juncos de la costa, ahí donde el hombre pisa tierra firme, y en esa dialéctica, subyace el valor de este conjunto de obras, que invitan a contemplar la naturaleza propia de este enclave singular, otorgando nuevas voces a aquellas raíces que valorizan lo propio, al reflexionar en torno a los mensajes que emiten esas aguas y esas tierras, como valor de lo desconocido, de lo no habitado, pero al mismo tiempo, de lo nuestro.”

Jangada expone al Delta desde un lugar íntimo, devenido espacio poético. Silvia Sergi, revela ese punto donde el paisaje intenso amenaza e invade generando desequilibrios de todos los artificios humanos: casas sin ángulos, muelles torcidos, botes irregulares que aún cumplen su función. “Perpetúo la fotografía humanista desde mi lugar en el mundo, las islas”, cuenta la artista. Sus fotos, en blanco y negro, están repletas de barro y agua, metafísica animal donde todo es devorado por la belleza y la fuerza del agua y el barro, territorio de jaurías donde los muelles devienen castillos.

Carola Rousso se inspiró en la novela Sudeste de Haroldo Conti y navegó los mismos itinerarios narrados en el libro, logrando fotos de contornos límpidos, territorios que aparecen como planos de colores, en los que la belleza encarna en una puerta turquesa oxidada y la cola de un perro isleño sobre madera gastada, mientras asoma un verde, fragmento de verde en estado puro que sella la sensación selvática. En la foto “Aguaje El Durazno”, el río conforma un entramado de infinitas pinceladas espesas como un muro. Rousso cuenta: “Hace años que navego (tengo casa en el Capitán hace muchos años), así que tracé en un cuarterón del Delta la zona que debía recorrer buscando las imágenes que aparecían en la novela. Me subía la lancha en invierno y pasados unos meses, completamente consustanciada con Sudeste, decidí esperar el verano y al otoño. Trabajé casi un año para fotografiar esos momentos que solo Haroldo Conti pudo percibir y traducir en imágenes”.

El universo de Brenda Hoffman es de otra densidad, Detrás de la bruma, lo llama la artista. Veinte obras cuadradas expuestas en isla, poética de lo frágil, que en sus radiografías de paisajes sobre papel imprime el semblante etéreo que palpita en el Delta, espacios sin tiempo, imágenes como recuerdos. Fotos en blanco y negro que reescribe en el cuarto oscuro, trabajando luego los bordes desvanecientes, como los mismos recuerdos en el tiempo: “No hay personas sobre las imágenes, porque los de mis recuerdos se volvieron fantasmas. Y los que están vivos hoy ya no son los mismos” cuenta la artista, cuya niñez está anclada en el Delta: “Mi abuelo tenía una casa sobre el rio Capitán: la casa de fin de semana. No tengo recuerdos de mi abuelo Julio, el Seide. Pero tengo la memoria llena de recuerdos y sensaciones de la que fue su casa, nuestra casa, el lugar de encuentro con los primos, de estar con los ojos abiertos debajo del agua turbia del río en verano, el olor del barro y la madera húmeda, comer el salame de carnada sobre el muelle cuando lo único que pican son los mosquitos. Los recuerdos se mezclan con mis primeras lecturas de Cuentos de la selva de Quiroga. Entre los cuentos y las historias del hombre que venía a cortar el pasto (afectado de delirium tremens), la naturaleza salvaje del Delta de mi infancia es inquietante. Inquietante como la historia del país en esos años.”

Edgardo Madanes expone dos paisajes tridimensionales de pequeñas cañas de mimbre que conforman un entramado , una mirada aérea del bosque y lo selvático del Delta, enormes nidos o pequeños territorios reconstruidos, pasaje de la naturaleza a la cultura, que en la ciudad muta una vez más en naturaleza. Madanes dice que percibe al Delta “como un visitante deslumbrado y curioso. Me motiva entender un espacio tan particular como geografía y misterioso como sistema. Por muchos años pasé mis fines de semana remando por los ríos y observando a las plantas, a los animales y a los habitantes. Las obras con las que participo son recortes, terrones, porciones de un lugar que se encuadra como una fotografía y conforma una vista parcial de un todo inabarcable. La imagen está construida de tramas de mimbre cultivados en el Delta que se superponen creando bloques adosados a la pared.”

Adrián Paiva expone pinturas, cinco apuntes del natural, óleos pequeños de 24 x 30 y un óleo grande (de 180 x 150) . Son paisajes construidos desde el color y la pincelada, en los que líneas como serpientes conforman manadas de ramas que al contornearse construyen un paisaje repleto de viento, con una luz crepuscular. El artista vive en la isla hace casi veinte años. Cuenta: “Vine buscando un lugar para sobrevivir de la crisis del 2000 y poder pintar, y me encontré con la Naturaleza, que estaba ahí, como puesta para ser pintada. La inmediatez del paisaje y el tiempo me atrapó enseguida. El agua, el barro, la vegetación y la sensibilidad de la gente que vive acá son el mundo que elijo para pintar y para vivir. Mi trabajo trata de anudar esa, mi mirada, a la construcción de un pensamiento más universal como es la pintura. Vivir en la isla no es lo mismo que vivir aislado.”

Lucas Distéfano abre al Delta nocturno con fotos de los arroyos –el Reyes, el Angostura, el Naranjo– con escenas mágicas de una quietud azulada, momentos solitarios de los seres que habitan y conforman la vida en la isla: el bote mientras duerme, el tronco descansando con los pies en el agua, en un imaginario que navega entre la fotografía y la pintura.

Es que en el delta no hay dudas, allí todo es certeza. Es el azar puro de la naturaleza, donde la luna y el río determinan los días, con sus mareas cambiantes, su barro arcilloso que es morada de culebras, lagartos y ranas, su humedad permanente. El consumismo no sólo no navega en estas aguas sino que deja en jaque las ficciones tras las que corremos obnubilados como si tuvieran alguna verdad. En las islas del delta no hay suerte ni éxito. Tan solo destino.